martes, 23 de junio de 2026

 Buscar la verdad es un acto consciente, no una cuestión bilógica


Este argumento puede ubicarse, a priori, en una discusión filosófica sobre la naturaleza de la verdad y el papel de la consciencia en su búsqueda. A diferencia de otros instintos humanos, impulsados por necesidades biológicas, la búsqueda de la verdad requiere un nivel de consciencia que trasciende lo puramente instintivo o biológico. Este acto consciente implica la capacidad de cuestionar, reflexionar y discernir entre lo verdadero y lo falso, especialmente si consideramos que nuestro cerebro tiende a aceptar la información no porque sea verdadera, sino porque valida nuestras creencias, emociones y juicios.

Como todo, este tema puede abordarse desde diversos ángulos. Entre los precursores del Nuevo Pensamiento, como Neville Goddard, William Atkinson, Emmet Fox e incluso Napoleon Hill, se estableció la idea de que, cuando una persona desea algo, puede visualizarlo y diseñarlo en su mente de la manera más completa posible, como si estuviera en un programa de realidad virtual inmersiva. Con el tiempo, esta visualización se materializa a través de cualquier forma que el universo decida expresar. De manera similar, en el hermetismo se habla de la ley de atracción como una ley universal que postula que, al asumir la condición que deseas alcanzar, esta eventualmente se manifestará de manera física y real.

Engañar a nuestro cerebro es más común de lo que nos gustaría admitir ya que, en última instancia, existen tantas realidades como observadores que las contemplan. Por eso, para descubrir la verdad en cualquier evento, los seres humanos deben actuar de manera consciente para saber de qué hilo tirar. Aunque la evolución nos ha dotado de mecanismos biológicos para la supervivencia, la búsqueda de la verdad es un proceso que trasciende dichos mecanismos, convirtiéndose en un acto consciente e intencional.

La situación se complica cuando la información se utiliza para manipular con intenciones encubiertas, convirtiendo al manipulado en un devoto consumidor de falacias. La falta de pensamiento crítico y discernimiento nos convierte en presas fáciles de cualquier argumento bien articulado cuyo propósito podría ser convencernos de que lo correcto es, en realidad, perjudicial para nosotros. Como siempre, al final del día nos damos cuenta de que nada sucede por casualidad y que todo debe ser examinado bajo la lupa del cuestionamiento, aunque sea solo para ejercitar la mente.

Nuestro cerebro no está diseñado para evolucionar de forma automática, sino para mantenernos a salvo; por lo tanto, buscar la verdad se vuelve una decisión que parte desde la toma de consciencia. Esto trae como consecuencia que aprendemos a gestionar la disonancia que nos producen aquellos conceptos contrarios a lo que creemos. Pero también nos aboca a cuestionar nuestros propios sesgos de confirmación respecto a lo que ya hemos aceptado como verdadero y auténtico, muchas veces solo porque nuestro cerebro se siente cómodo en determinada creencia.

Al final del día, todo se circunscribe a la imperiosa y más importante tarea en la que debemos estar empeñados siempre: el autoconocimiento.

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