El puente roto
No es de extrañar que, en esta
era del desarrollo personal, la multitarea y las terapias, el ser humano
promedio intente desarrollar muchas de sus capacidades y potenciar sus
habilidades. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a información, cursos, libros
y herramientas para mejorar distintos aspectos de nuestra vida.
Aun así, son pocos quienes
consiguen llevar a la práctica lo que aprenden y construir un estilo de vida
más coherente con lo que desean. Pero no son ellos quienes nos preocupan, sino
aquellos que ven un video sobre alta vibración, leen un libro de
emprendimiento, asisten a un taller de liderazgo y se inscriben en cuanto
webinar prometa ayudarlos a alcanzar su máximo potencial. Consumen información,
acumulan conocimientos y se entusiasman con nuevas posibilidades, pero nada de
eso se traduce en acciones concretas.
El puente entre saber y hacer
parece estar roto.
El neurólogo Antonio Damasio
estudió casos de personas con lesiones en regiones de la corteza prefrontal
que, pese a conservar buena parte de sus capacidades intelectuales, su
razonamiento y sus conocimientos, presentaban serias dificultades para tomar decisiones
y desenvolverse en situaciones cotidianas. Sus investigaciones contribuyeron a
mostrar que la toma de decisiones no depende únicamente de la razón, sino
también de los procesos emocionales que intervienen en ella.
Parecería que saber y actuar son
dos procesos distintos, aunque deberían trabajar en conjunto. Podemos
comprender perfectamente lo que necesitamos hacer y, aun así, ser incapaces de
dar el primer paso. El conocimiento está disponible, pero algo impide que se
convierta en conducta.
Pensemos, por ejemplo, en alguien
que desea mejorar su situación financiera. Ha realizado veinte cursos, conoce
los conceptos, domina la terminología y tiene una extraordinaria capacidad para
aprender. Sin embargo, sigue siendo un eterno aprendiz. No pasa a la acción.
¿Por qué?
Porque, en ocasiones, aprender se
convierte en una zona segura. Mientras estudia, planifica y se prepara, siente
que está avanzando sin tener que exponerse a los riesgos de hacer. No tiene que
enfrentarse a la posibilidad de equivocarse, perder dinero, recibir críticas o
descubrir que sus capacidades no son tan extraordinarias como imaginaba.
Además, aprender puede resultar
gratificante por sí mismo. La novedad, el descubrimiento y la sensación de
progreso pueden alimentar la motivación y los mecanismos de recompensa del
cerebro. El problema aparece cuando confundimos esa satisfacción con un avance
real hacia nuestros objetivos. Nos sentimos productivos, aunque nuestra
realidad permanezca exactamente igual.
Otra forma de mantener roto el
puente es esconderse detrás del perfeccionismo.
«Todavía no está listo».
Esta frase puede convertirse en
una excelente excusa para postergar indefinidamente aquello que queremos hacer.
Mientras el proyecto permanece en desarrollo, podemos disfrutar de la imagen de
lo que algún día seremos capaces de lograr. Somos personas con grandes ideas,
mucho potencial e iniciativas extraordinarias. Pero, mientras no terminemos, no
tendremos que someter nuestro trabajo a la evaluación de los demás.
Terminar y mostrar lo que hemos
creado implica exponernos. Alguien podría criticarlo, rechazarlo o simplemente
no encontrarlo tan extraordinario como esperábamos. Y quizá no estemos
preparados para afrontar esa posibilidad.
De esta manera, el perfeccionismo
deja de ser una búsqueda de excelencia y se convierte en un mecanismo de
protección frente al miedo.
La ruptura del puente también
puede tener otros orígenes. Está quien espera una señal divina que le indique
el momento adecuado para actuar; quien sufrió un fracaso y decidió no volver a
correr riesgos; o quien, después de varios intentos fallidos, terminó
convencido de que sus esfuerzos no cambiarán nada.
En determinadas circunstancias,
esta última condición puede relacionarse con lo que la psicología denomina indefensión
aprendida: la percepción de que nuestras acciones no tienen capacidad para
modificar los resultados, lo que puede llevarnos a abandonar los intentos,
incluso cuando existen nuevas posibilidades.
En todos estos casos, el
conocimiento puede permanecer intacto. Podemos saber, pensar, reflexionar y
aconsejar a los demás, pero seguir sin ejecutar aquello que nosotros mismos
consideramos necesario.
La barrera no siempre está en la
falta de capacidad, sino en los mecanismos que hemos desarrollado para
protegernos de la vergüenza, el rechazo, la culpa, el miedo al fracaso o la
posibilidad de hacer el ridículo.
Y aquí aparece una paradoja:
aquello que en algún momento nos ayudó a protegernos puede terminar
convirtiéndose en la misma barrera que nos impide avanzar.
¿Cómo reparamos el puente?
Podemos comenzar con un pequeño
paso. No necesariamente con una gran decisión ni con un cambio radical, sino
con una acción concreta que nos acerque a aquello que decimos querer.
Observemos cómo aprendemos a
caminar. Cuando somos niños, caemos, lloramos, nos lastimamos y volvemos a
intentarlo. No esperamos tener la seguridad de que nunca caeremos para dar el
siguiente paso. Aprendemos mientras lo hacemos. Poco a poco, nuestro cuerpo
desarrolla las habilidades necesarias para aquello que al principio parecía
imposible.
Sin embargo, al crecer, muchas
veces comenzamos a exigirnos garantías antes de actuar. Queremos tener certeza,
confianza, preparación y seguridad. Esperamos sentirnos listos para comenzar,
sin advertir que algunas de esas condiciones solo aparecen después de haber
comenzado.
La maestría no depende
exclusivamente de la inteligencia ni de la cantidad de conocimientos
acumulados. También requiere práctica, constancia, disposición para aprender de
los errores y claridad respecto de aquello que queremos construir.
Quizá el problema no sea que nos
falte información, sino que hemos aprendido a utilizarla para postergar el
momento de enfrentarnos con nosotros mismos.
Porque saber qué hacer no es lo
mismo que hacerlo. Y comprender por qué no actuamos tampoco garantiza que
vayamos a cambiar.
Estar listo no es
necesariamente el punto de partida. Muchas veces, esa condición aparece
mientras actuamos.
