Los “no puedo” y la frustración
Hago referencia a esto porque, basándonos en estas ideas, podemos
plantearnos que cada aspecto de la mente humana funciona bajo principios
similares. Si entendemos nuestras experiencias internas como energía e
información, entonces podemos pensar que contienen elementos susceptibles de
ser gestionados, desglosados, comprendidos e integrados.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿cómo llegamos a ese nivel
de gestión interna cuando apenas podemos lidiar con las cosas del día a día?
Por lo general, el ser humano no sabe con claridad lo que quiere; más bien,
sabe lo que no quiere. Y, aun así, son pocos los que realmente saben qué están
buscando. En esa dinámica, que con frecuencia pasa inadvertida, el miedo juega
un papel fundamental.
El miedo es una respuesta biológica que nos ayuda a anticipar riesgos,
tomar decisiones y, en determinadas circunstancias, hacernos conscientes de
nuestras acciones. El problema aparece cuando nos sobreestimulamos imaginando
los peores escenarios posibles. Entonces, aquello que inicialmente debía
ayudarnos a protegernos puede terminar paralizándonos.
Es precisamente en esos momentos cuando cobran fuerza los famosos “no
puedo”. Estas expresiones internas actúan como limitantes y terminan
convirtiéndose, en nuestra mente, en la frontera entre lo posible y lo
imposible.
La visión tradicional nos dice que, cuando aparece el miedo, es hora de
detenerse.
Después aparece la frustración, que surge como consecuencia de no lograr
aquello que deseamos o, incluso, de no haberlo intentado. Ambos fenómenos —el
“no puedo” y la frustración— pueden entenderse como experiencias cargadas de
información, portadoras de un mensaje del que muchas veces no somos conscientes
y que tampoco hemos aprendido a interpretar.
Esta es una forma distinta —no necesariamente nueva, pero sí diferente— de
reinterpretar las experiencias internas con las que lidiamos día a día y que se
manifiestan en forma de emociones y sentimientos.
Recordemos lo que planteábamos al principio: la idea de que toda
experiencia puede ser entendida también como información. Desde esta
perspectiva, podemos concebir las emociones como señales que contienen
información acerca de lo que estamos viviendo, de cómo lo estamos interpretando
y de aquello que quizá todavía no hemos logrado reconocer conscientemente.
Lo más complejo, entonces, es descubrir cómo tomar conciencia de ese
mensaje.
Y aquí aparece una paradoja; muchas veces queremos comprender nuestras
emociones utilizando exclusivamente la misma mente que está intentando
protegernos de aquello que sentimos. Nuestra mente consciente busca respuestas
que la tranquilicen, que devuelvan las cosas a un territorio conocido y que
reduzcan la incertidumbre.
Es como si nuestro cerebro quisiera permanecer constantemente en “modo
feliz” y todo aquello que genera disonancia cognitiva fuera rechazado,
racionalizado o apartado de inmediato.
El tan satanizado subconsciente podría ser, en cambio, una de las partes
más atentas de nuestra experiencia interna. Resulta curioso que diversas
corrientes espirituales, e incluso desde la neurociencia; insistan en la
importancia de permanecer en el presente, en el ahora, porque es allí donde
ocurre la vida.
Y, en cierto sentido, nuestro sistema automático de respuesta siempre está
en ese presente: responde de inmediato a cada estímulo de acuerdo con la
información, aprendizajes y asociaciones que ha ido incorporando a lo largo del
tiempo.
Por eso, reinterpretar los “no puedo” y la frustración como paquetes de
información —utilizando nuevamente el lenguaje informático— puede ofrecernos
una manera diferente de relacionarnos con ellos.
En lugar de considerarlos enemigos, podemos comenzar a verlos como señales.
El “no puedo” puede estar diciéndonos algo acerca de nuestros límites
percibidos, nuestros miedos o nuestras creencias. La frustración puede
mostrarnos la distancia entre lo que esperamos y lo que estamos experimentando.
Ninguno de los dos tiene por qué convertirse automáticamente en una sentencia
definitiva.
Tal vez el verdadero problema no sea sentir miedo, frustración o escuchar
dentro de nosotros un “no puedo”.
Tal vez el problema sea creer que esas respuestas son la realidad.
Una respuesta biológica no tiene por qué convertirse en una frontera.
Un pensamiento no tiene por qué convertirse en una sentencia.
Y un “no puedo” no necesariamente significa que sea imposible.
Quizás, antes de detenernos, deberíamos preguntarnos:
¿Qué información está intentando mostrarme este “no puedo”?
Porque cuando aprendemos a hacer esa pregunta, aquello que antes parecía un
obstáculo puede comenzar a convertirse en una puerta.
