El polímata: cuando pensar diferente se convierte en una
forma de vivir
Hay personas que parecen tener
una necesidad casi permanente de comprender. No se conforman con saber cómo
funciona algo; quieren saber por qué funciona, qué relación tiene con otras
cosas y qué ocurriría si lo miraran desde una perspectiva diferente.
Tal vez por eso una mente
inquieta puede resultar incómoda. No necesariamente porque sepa más que los
demás, sino porque se niega a detenerse en lo que ya sabe. A eso solemos
llamarlo curiosidad; pero quizá sea algo más profundo.
Una mente polímata no se
caracteriza simplemente por acumular conocimientos de distintas disciplinas.
Puede interesarse por la filosofía, la psicología, la historia, la ciencia, el
arte, la tecnología o cualquier otro campo. Lo verdaderamente interesante
ocurre cuando esos conocimientos dejan de funcionar como compartimentos
separados y comienzan a relacionarse entre sí.
Entonces aparece otra manera de
mirar. Un problema que parece exclusivamente económico puede tener componentes
psicológicos. Una decisión personal puede estar condicionada por factores
culturales. Una conducta que juzgamos como irracional puede adquirir sentido
cuando comprendemos su historia. Una situación empresarial puede revelar
dinámicas que también encontramos en las relaciones humanas.
La realidad deja de ser una
colección de piezas aisladas y comienza a parecerse a una red. Y aquí aparece
una diferencia importante.
La mayoría de nosotros tendemos a
enamorarnos de nuestras propias explicaciones. Encontramos una manera de
entender el mundo y, poco a poco, comenzamos a utilizarla para explicarlo todo.
El problema no está en tener un modelo mental. El problema aparece cuando
creemos que nuestro modelo es la realidad. Es como mirar una casa enorme
utilizando una sola linterna. Podemos iluminar perfectamente un rincón y llegar
a creer que hemos comprendido la casa entera.
Una mente abierta puede hacer
algo diferente; sostener varias posibilidades al mismo tiempo.
No necesita decidir
inmediatamente quién tiene la razón. Puede preguntarse qué parte de razón
existe en cada perspectiva y qué elementos todavía no ha considerado. Esto
resulta incómodo porque nos obliga a retrasar el juicio, y nosotros tenemos una
enorme necesidad de juzgar rápidamente.
Vemos una conducta y construimos
una explicación. Alguien no responde un mensaje y suponemos que nos ignora.
Alguien habla demasiado y lo calificamos de egocéntrico. Alguien toma una
decisión que no comprendemos y rápidamente construimos una historia para
explicarla.
Pero una conducta es apenas una
pieza de información, detrás de ella puede existir una historia que
desconocemos. Comprender no significa justificarlo todo, significa reconocer
que probablemente no estamos viendo el cuadro completo.
Quizá uno de los mayores signos
de inteligencia sea precisamente ese; saber cuánto de la realidad todavía no
estamos viendo.
También existe otra
característica que me parece especialmente interesante; la capacidad de volver
a ser principiante. Hay personas que construyen su identidad alrededor de
aquello que saben hacer bien. Se convierten en “el experto”, “el que siempre
tiene la respuesta”, “el inteligente”, “el que sabe”. Y entonces sucede algo
paradójico: cuanto más competentes se vuelven en un área, más miedo pueden
tener de entrar en otra donde vuelvan a sentirse ignorantes.
El polímata parece relacionarse
de otra manera con el conocimiento.
Puede haber dedicado años a
dominar una disciplina y, sin demasiados problemas, comenzar otra desde cero.
Y allí volverá a equivocarse.
Volverá a no saber.
Volverá a hacer preguntas
básicas.
Volverá a sentirse torpe.
Pero eso no amenaza su identidad,
porque no confunde su inteligencia con su capacidad inmediata, entiende que ser
principiante no significa ser menos inteligente, simplemente significa estar
aprendiendo.
Tal vez muchos adultos hemos
perdido esa libertad.
Un niño puede equivocarse cien
veces mientras aprende algo sin preguntarse qué pensarán los demás. Nosotros,
en cambio, muchas veces preferimos seguir siendo buenos en lo conocido antes
que aceptar la incomodidad de ser malos en algo nuevo.
Así construimos, sin darnos
cuenta, una especie de cárcel invisible. Nuestra identidad termina teniendo el
tamaño de nuestra competencia, y quizá por eso una mente verdaderamente curiosa
puede parecer dispersa. Varios libros abiertos, diferentes temas de estudio,
proyectos que comienzan, preguntas que aparecen y conexiones aparentemente
extrañas.
Desde afuera puede parecer
desorden. Desde adentro puede ser exploración.
No todo conocimiento tiene que
producir inmediatamente un resultado. Algunas ideas necesitan permanecer en la
cabeza durante años antes de encontrar con qué conectarse. Quizá por eso la
curiosidad no sea una distracción, sino una forma de recoger piezas.
El problema es que vivimos en una
época que parece premiar las respuestas rápidas. Queremos especialistas,
etiquetas, opiniones definitivas y explicaciones sencillas. Queremos saber
rápidamente quién tiene razón y quién está equivocado.
Pero la realidad rara vez
funciona de esa manera, y cuando una persona intenta mirar más allá de una
explicación única, puede comenzar a incomodar.
También ocurre con el consenso.
Cuestionar lo establecido no
significa necesariamente llevar la contraria. Una mente crítica no rechaza una
idea porque sea popular, pero tampoco la acepta únicamente porque todos la
repitan.
La pregunta debería ser otra:
¿Qué tan bien resiste esta idea
cuando la observo desde diferentes ángulos?
Eso exige algo que no siempre
estamos dispuestos a hacer; cuestionar también nuestras propias convicciones. Porque
es relativamente fácil detectar los errores de los demás, lo verdaderamente
difícil es descubrir los nuestros.
Una persona puede pasar años
defendiendo una idea y, cuando encuentra información que la contradice, tiene
dos opciones: proteger su orgullo o revisar su pensamiento.
La primera opción es mucho más
cómoda. La segunda exige humildad.
Quizá aquí se encuentre una de
las mayores diferencias entre saber y aprender. Quien necesita tener razón
protege sus ideas. Quien realmente quiere comprender está dispuesto a
cambiarlas.
Esto no significa vivir sin
convicciones ni convertirse en alguien que cambia de opinión ante cualquier
argumento. Significa entender que una creencia no es necesariamente una verdad
definitiva. Puede ser simplemente la mejor explicación que tenemos hasta que
aparezca una mejor, y esto nos devuelve al principio.
Tal vez la característica más
valiosa de una mente polímata no sea saber de muchas cosas. Tal vez sea negarse
a creer que una sola cosa explica todas las demás.
Es mirar el elefante completo
cuando otros discuten sobre la parte que están tocando.
Es conectar aquello que parecía
desconectado.
Es aceptar que podemos estar
equivocados.
Es tener el valor de volver a ser
principiantes.
Es aprender sin convertir el
conocimiento en una identidad que luego tengamos que defender.
Y, sobre todo, es mantener viva
esa incómoda pregunta que muchas veces preferimos evitar:
¿Y si aquello que creo saber
sobre la realidad es solamente una pequeña parte de ella?
Quizá pensar diferente no
consista en tener respuestas diferentes. Quizá consista en estar dispuesto a
seguir preguntando cuando todos los demás ya decidieron que la respuesta está
encontrada.
