viernes, 9 de octubre de 2026

 

El puente roto


¿Por qué, a pesar de saber tantas cosas, muchas veces no hacemos lo que deberíamos?

No es de extrañar que, en esta era del desarrollo personal, la multitarea y las terapias, el ser humano promedio intente desarrollar muchas de sus capacidades y potenciar sus habilidades. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a información, cursos, libros y herramientas para mejorar distintos aspectos de nuestra vida.

Aun así, son pocos quienes consiguen llevar a la práctica lo que aprenden y construir un estilo de vida más coherente con lo que desean. Pero no son ellos quienes nos preocupan, sino aquellos que ven un video sobre alta vibración, leen un libro de emprendimiento, asisten a un taller de liderazgo y se inscriben en cuanto webinar prometa ayudarlos a alcanzar su máximo potencial. Consumen información, acumulan conocimientos y se entusiasman con nuevas posibilidades, pero nada de eso se traduce en acciones concretas.

El puente entre saber y hacer parece estar roto.

El neurólogo Antonio Damasio estudió casos de personas con lesiones en regiones de la corteza prefrontal que, pese a conservar buena parte de sus capacidades intelectuales, su razonamiento y sus conocimientos, presentaban serias dificultades para tomar decisiones y desenvolverse en situaciones cotidianas. Sus investigaciones contribuyeron a mostrar que la toma de decisiones no depende únicamente de la razón, sino también de los procesos emocionales que intervienen en ella.

Parecería que saber y actuar son dos procesos distintos, aunque deberían trabajar en conjunto. Podemos comprender perfectamente lo que necesitamos hacer y, aun así, ser incapaces de dar el primer paso. El conocimiento está disponible, pero algo impide que se convierta en conducta.

Pensemos, por ejemplo, en alguien que desea mejorar su situación financiera. Ha realizado veinte cursos, conoce los conceptos, domina la terminología y tiene una extraordinaria capacidad para aprender. Sin embargo, sigue siendo un eterno aprendiz. No pasa a la acción.

¿Por qué?

Porque, en ocasiones, aprender se convierte en una zona segura. Mientras estudia, planifica y se prepara, siente que está avanzando sin tener que exponerse a los riesgos de hacer. No tiene que enfrentarse a la posibilidad de equivocarse, perder dinero, recibir críticas o descubrir que sus capacidades no son tan extraordinarias como imaginaba.

Además, aprender puede resultar gratificante por sí mismo. La novedad, el descubrimiento y la sensación de progreso pueden alimentar la motivación y los mecanismos de recompensa del cerebro. El problema aparece cuando confundimos esa satisfacción con un avance real hacia nuestros objetivos. Nos sentimos productivos, aunque nuestra realidad permanezca exactamente igual.

Otra forma de mantener roto el puente es esconderse detrás del perfeccionismo.

«Todavía no está listo».

Esta frase puede convertirse en una excelente excusa para postergar indefinidamente aquello que queremos hacer. Mientras el proyecto permanece en desarrollo, podemos disfrutar de la imagen de lo que algún día seremos capaces de lograr. Somos personas con grandes ideas, mucho potencial e iniciativas extraordinarias. Pero, mientras no terminemos, no tendremos que someter nuestro trabajo a la evaluación de los demás.

Terminar y mostrar lo que hemos creado implica exponernos. Alguien podría criticarlo, rechazarlo o simplemente no encontrarlo tan extraordinario como esperábamos. Y quizá no estemos preparados para afrontar esa posibilidad.

De esta manera, el perfeccionismo deja de ser una búsqueda de excelencia y se convierte en un mecanismo de protección frente al miedo.

La ruptura del puente también puede tener otros orígenes. Está quien espera una señal divina que le indique el momento adecuado para actuar; quien sufrió un fracaso y decidió no volver a correr riesgos; o quien, después de varios intentos fallidos, terminó convencido de que sus esfuerzos no cambiarán nada.

En determinadas circunstancias, esta última condición puede relacionarse con lo que la psicología denomina indefensión aprendida: la percepción de que nuestras acciones no tienen capacidad para modificar los resultados, lo que puede llevarnos a abandonar los intentos, incluso cuando existen nuevas posibilidades.

En todos estos casos, el conocimiento puede permanecer intacto. Podemos saber, pensar, reflexionar y aconsejar a los demás, pero seguir sin ejecutar aquello que nosotros mismos consideramos necesario.

La barrera no siempre está en la falta de capacidad, sino en los mecanismos que hemos desarrollado para protegernos de la vergüenza, el rechazo, la culpa, el miedo al fracaso o la posibilidad de hacer el ridículo.

Y aquí aparece una paradoja: aquello que en algún momento nos ayudó a protegernos puede terminar convirtiéndose en la misma barrera que nos impide avanzar.

¿Cómo reparamos el puente?

Podemos comenzar con un pequeño paso. No necesariamente con una gran decisión ni con un cambio radical, sino con una acción concreta que nos acerque a aquello que decimos querer.

Observemos cómo aprendemos a caminar. Cuando somos niños, caemos, lloramos, nos lastimamos y volvemos a intentarlo. No esperamos tener la seguridad de que nunca caeremos para dar el siguiente paso. Aprendemos mientras lo hacemos. Poco a poco, nuestro cuerpo desarrolla las habilidades necesarias para aquello que al principio parecía imposible.

Sin embargo, al crecer, muchas veces comenzamos a exigirnos garantías antes de actuar. Queremos tener certeza, confianza, preparación y seguridad. Esperamos sentirnos listos para comenzar, sin advertir que algunas de esas condiciones solo aparecen después de haber comenzado.

La maestría no depende exclusivamente de la inteligencia ni de la cantidad de conocimientos acumulados. También requiere práctica, constancia, disposición para aprender de los errores y claridad respecto de aquello que queremos construir.

Quizá el problema no sea que nos falte información, sino que hemos aprendido a utilizarla para postergar el momento de enfrentarnos con nosotros mismos.

Porque saber qué hacer no es lo mismo que hacerlo. Y comprender por qué no actuamos tampoco garantiza que vayamos a cambiar.

Estar listo no es necesariamente el punto de partida. Muchas veces, esa condición aparece mientras actuamos.

https://fpescritor.com/