¡El darse
cuenta!
El darse cuenta es una herramienta poderosa que nos ayuda a enfocar la
atención en el momento presente. Rompe con el automatismo cotidiano en el que,
con frecuencia, operamos. No requiere grandes esfuerzos ni habilidades
especiales para practicarlo, y sus beneficios pueden llegar a ser
incalculables.
Funciona como una especie de escáner interno que podemos activar en
cualquier momento. Podemos utilizarlo varias veces al día como parte de una
práctica destinada a aumentar nuestro nivel de consciencia, o ponerlo en marcha
cuando enfrentamos una situación que altera nuestro equilibrio emocional.
Como seres emocionales, nuestras decisiones y acciones están profundamente
influenciadas por lo que sentimos. Lo que en un principio fue un gran
descubrimiento en el ámbito de las ventas —la comprensión de nuestra naturaleza
emocional— hoy constituye un hecho ampliamente aceptado; somos guiados mucho
más por las emociones que por la lógica. En este contexto, el darse cuenta se
convierte en una práctica invaluable, pues nos permite introducir una dosis de
racionalidad en medio del constante flujo emocional. De esta manera, evitamos
que la impulsividad y el descontrol nos conduzcan a resultados desfavorables.
Por supuesto, nada de esto es realmente nuevo; como dice el antiguo
proverbio, «no hay nada nuevo bajo el sol». El conocimiento siempre ha estado
ahí, al alcance de todos, adaptándose a las distintas épocas y al lenguaje
predominante de cada una de ellas. Esta práctica no es más que una expresión
contemporánea de lo que, en otros tiempos, se conoció como estoicismo, una
filosofía que también enfatizaba la importancia de gobernar nuestras reacciones
para no ser arrastrados por la vorágine de las circunstancias.
El ser humano, impulsado por su inagotable necesidad de comprender y
encontrar sentido a la existencia, ha desarrollado innumerables distinciones y
modelos para explicar la realidad. Sin embargo, todas ellas comparten un
propósito esencial; ayudarnos a ser más conscientes y a asumir una mayor
responsabilidad sobre nuestra propia vida.
Cuando desarrollamos la capacidad de observar nuestros pensamientos,
nuestras emociones, reacciones y conductas, comenzamos a comprendernos con
mayor claridad. Este ejercicio nos abre la posibilidad de elegir, entre las
diversas herramientas disponibles, aquellas que nos permitan resignificar
nuestras experiencias y orientar nuestras acciones hacia un propósito más
consciente.
Podemos dividir a las personas en dos grandes grupos: quienes no tienen
conciencia de sí mismos y quienes sí son capaces de percibir y reconocer sus
aptitudes, actitudes y estados internos. A su vez, entre estos últimos existen
dos categorías: quienes toman conciencia, pero no hacen nada al respecto, y
quienes, al darse cuenta, deciden actuar.
No hemos sido educados para asumir la responsabilidad de nuestro mundo
interno. Tradicionalmente, la responsabilidad se ha entendido como el
cumplimiento de obligaciones en el mundo externo. La vida interior, en cambio,
ha quedado relegada o delegada en creencias, religiones o sistemas de
pensamiento que nos indican cómo deberíamos comportarnos. Sin embargo, las
experiencias de los últimos años nos han demostrado la importancia de asumir
las riendas de nuestra vida interior para no ser fácilmente manipulados y,
sobre todo, para desarrollar la capacidad de discernir.
Acoger estas herramientas con curiosidad, humildad y una mente abierta
representa una oportunidad para transformar nuestra manera de vivir. Han estado
siempre disponibles para nosotros y han demostrado su eficacia no solo desde la
investigación científica, sino también en el escenario más exigente de todos;
la experiencia cotidiana de la vida.
