El arquetipo del mal
A menudo, se utiliza este concepto para alienar a las personas de
su verdadera naturaleza. Es innegable que el ser humano está compuesto por
ambas polaridades, tal como lo afirman conocimientos milenarios y herméticos.
Sin embargo, se insiste en que una persona solo puede ser buena o mala,
empleando el argumento con fines velados de que el mal es obra de un demonio
cuyo reino guarda a quien no obedece a su dios. Esto es, en sí mismo,
contradictorio, ya que, en teoría, ese demonio debería premiar a quienes desobedecen
a su creador, siendo ambos contrarios. Es el concepto de que "el enemigo
de mi enemigo es mi amigo".
El bien y el mal habitan en el ser humano, pero muchos solo desean
identificarse con el bien por temor a un castigo divino, lo que crea un
desequilibrio en sus energías. No se trata de hacer el mal para equilibrar la
balanza, sino de reconocer que también tenemos un lado oscuro y trabajar en él,
conociéndolo, gestionándolo e integrándolo, como un lado plenamente valido.
El mal se acrecienta porque es una energía reprimida dentro de
nosotros, y eso es lo que, al final del día, terminamos proyectando en los
demás a través del odio desmedido que creemos sentir por el otro. Nadie puede
dar lo que no tiene, así que si proyectamos odio hacia un supuesto enemigo, es
porque de eso está nuestro corazón lleno.
Todo es energía, y tanto el mal como el bien que habitan en
nosotros también lo son. Al reprimir nuestra parte oscura por miedo, la
energizamos, haciendo que crezca y se vuelva en nuestra contra. Por eso,
quienes manipulan los sistemas usan esto, creando arquetipos del mal para que
proyectemos esa energía reprimida sobre un enemigo ficticio; de esta manera, se
ataca a enemigos que resultan incómodos al sistema.
Así es como se redirige la energía creadora del ser humano para
crear un ambiente de caos y miseria, donde aquellos que lo promueven son
expertos en manejar ese caos. Es a través del miedo y la violencia que ellos
prosperan, mientras los simples mortales nos encogemos de hombros, permitiendo
que llenen sus bolsillos cada vez más. No somos víctimas, somos cómplices por
ignorancia, por nuestro desinterés en la importancia de conocernos a nosotros
mismos.

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