El indulto moral y la conspiración cultural
Podría interpretarse que el indulto moral es una de las
armas más eficaces en la guerra cognitiva que estamos librando, porque permite
que cualquiera que posea una cuota de poder escape del cuestionamiento, de la
sanción moral y, con mayor razón, de la justicia. Con ello se inocula en la
mente de las personas una impronta que, lentamente, las lleva a aceptar como
normal el hecho de no cuestionar la improbidad de quienes se presentan como
líderes.
Esta actitud se ha vuelto recurrente porque, al parecer, se
sustenta sobre bases cada vez más sólidas. Durante años se ha preparado el
terreno mediante una especie de programación predictiva, utilizando narrativas
orientadas a bloquear cualquier intento de ejercer el saludable hábito del
cuestionamiento.
Y no solo a través de narrativas. También se han apropiado
hábilmente de conceptos espirituales, como la famosa e inefable "Ley de
Atracción", promoviendo advertencias del tipo: "No critiques a
determinadas personas porque el dinero se alejará de ti". Se trata de un
mecanismo muy similar al de la Edad Media, cuando cuestionar al rey equivalía a
cuestionar a Dios, pues se afirmaba que el monarca gobernaba por designio
divino y, por ello, cualquier crítica era considerada una ofensa digna de
castigo.
El miedo tiene innumerables manifestaciones y siempre
produce sus frutos. Por eso resulta tan sencillo encaminar, dirigir y empujar a
las masas hacia determinados derroteros. El indulto moral no consiste
únicamente en mirar hacia otro lado cuando el infractor ostenta poder; también
le concede, de manera implícita, una patente de corso para continuar con su
agenda. Sus acólitos adormecen la conciencia para evitar formular la crítica
necesaria, mientras que sus detractores se entregan a la exageración y al odio.
En esa dinámica, ambos extremos terminan alimentando aquello que, en
apariencia, desean combatir.
Los ejemplos abundan, tanto a nuestro alrededor como en el
resto del mundo. Pareciera que un acto solo adquiere la categoría de delito
cuando quien lo comete resulta incómodo para el poder. El indulto moral y la
conspiración cultural han traído consigo la erosión del pensamiento crítico y,
con ello, el progresivo abandono del pensamiento racional, que, aunque no
constituye el pináculo de la civilización, sigue siendo una de las herramientas
más valiosas para comprender la realidad.
El verdadero campo de batalla se encuentra en nuestra mente.
Lo que observamos en el exterior es, en gran medida, la proyección de los
conflictos que se libran en el interior de cada ser humano. Sin embargo,
seguimos distraídos con lo de siempre, esperando que el cambio provenga desde
afuera o aguardando el tan anunciado despertar masivo, como si incluso ese
despertar debiera ser guiado por alguien más.
Entonces podríamos entender la conspiración cultural como
una forma subrepticia de ir minando, poco a poco, el deseo genuino de las masas
de vivir en un mundo que favorezca el desarrollo integral del ser humano, sin
tener que lidiar a diario con toda clase de horrores. En la perversa costumbre
de normalizar los desafueros desde el poder, no solo se trata de los beneficios
materiales que algunos obtienen; también se moldea el pensamiento colectivo
para que se programe en un modo de fatalidad, donde la resignación sustituye al
cuestionamiento y, desde allí, prácticamente cualquier cosa resulta posible.
Tenemos que tomar conciencia de que toda transformación
auténtica nace en el ser humano. Es allí donde comienza todo. Quienes hoy
disfrutan del indulto moral, otorgado por la ignorancia o la complacencia de
las masas, difícilmente modificarán un sistema que les ha beneficiado durante
siglos. El cambio no surgirá de quienes se favorecen de ese orden, sino de la
responsabilidad individual de cada persona por recuperar su capacidad de
pensar, cuestionar y actuar con criterio propio.
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