jueves, 6 de marzo de 2014

Hay algo dentro de nosotros que no consideramos parte de esa partícula divina. Una parte que parece ir en contra de nosotros y de los demás. Algo que nos impide experimentar y expresar nuestra más alta naturaleza. En algunas nuevas corrientes espirituales se ha vuelto muy común llamar “ego” a esa parte.

El “ego” ha venido a convertirse en una especie de chivo expiatorio de todo lo que no nos gusta de nosotros mismos, de todo lo que no queremos aceptar como parte de nosotros. Si gritamos culpamos al ego, si no actuamos con nobleza él es el responsable, si lloramos o hacemos llorar es porque seguimos al ego. Se ha abusado tanto del término que puede representar conductas diametralmente diferentes: para algunos, si cedes a tus deseos carnales es debido a que el ego te poseyó pero, para otros, si no cedes a tus deseos carnales es porque tienes un ego muy soberbio que se cree superior a los demás.

Hay dentro de nosotros la posibilidad de expresar pensamientos, palabras y acciones que serán buenas para nosotros y buenas para otros. Sin que importe el nombre que les otorguemos, todos sentimos en nuestro corazón que esto es así.

También existe dentro de nosotros la posibilidad de albergar pensamientos, pronunciar palabras y cometer acciones que nos harán daño y/o se lo harán a los demás.

Lo que importa en todo esto, desde luego, es vivir felices y apoyar a los demás para que sean felices también. Hace poco comentamos que, de hecho, esta es la aplicación original de la palabra “ética”; hacía referencia a la forma en la que conviene vivir al ser humano para ser completamente feliz.

Podemos trabajar con nosotros mismos para expresar esa parte divina de nosotros y para limpiar nuestro corazón, nuestra mente y nuestro cuerpo de esa otra que nos daña.

El concepto que tenemos del “ego” es un poco amorfo y nebuloso, sobre todo cuando queremos hablar de su posible origen metafísico.

Sin entrar en consideraciones de esta índole, me gustaría proponer que pensemos en él como una serie de aprendizajes erróneos y experiencias no digeridas que han venido a formar una doble identidad en nuestro interior o un filtro contaminado que ensucia tanto las percepciones de lo que viene de fuera como las manifestaciones de lo que mostramos al mundo.

Piensa, por favor, en alguna actividad, palabra, pensamiento, hábito, emoción recurrente, situación o adicción que atribuyas al ego. Piensa también, si crees que puede ser atribuido a algo que te enseñaron antes de que supieras si era bueno o malo para ti, o si crees que se formó con una experiencia muy dolorosa de la que no te has recuperado completamente. Si puedes rastrear ese sufrimiento en cualquiera de estas dos causas, tienes también una forma muy clara y directa para trabajar activamente en cambiar tu vida: aprende y cultiva algo diferente y/o digiere tus experiencias y elimina lo que ya no te sirve para vivir en el presente.

El Loco
http://www.tuluzinterior.com/

Podcast: Uno y su personaje - Daniel Martínez





"Quien vive buscando aprobación, debe entender que en verdad no lo quieren a él, sino al personaje que creó para ser querido".
Periodos felices
AFabian Oefner

La felicidad que sentimos asociada a ciertos eventos proviene desde adentro,  no depende de las circunstancias ni de las personas vinculadas a ellos.

por Nicolas Tamayo

Muchas veces nos escuchamos diciendo frases como: “Hace años yo era más feliz”, o “Con esta persona viví los mejores momentos de mi vida”, o también “Si tuviera más dinero podría hacer lo que quiero y estaría más contento” y tantas otras. En realidad deberíamos estar conscientes que la felicidad que sentimos asociada a ciertos eventos proviene desde adentro, y que no depende de las circunstancias ni de las personas vinculadas a ellos.
Es mucho más fácil externalizar la felicidad, hacer que dependa de lo que pasa afuera, ya que así no asumimos la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene de crear una existencia plena. Tomamos el camino de bajada, corriente abajo, el camino que nos lleva a ser dependientes de lo que ocurre en el exterior para ver si nos hace felices o miserables.
Los períodos de tu vida en los que has sido más feliz no dependieron de las personas que te rodeaban, ni del trabajo que tenías, ni de cuanto ganabas para vivir, esa felicidad solo la experimentaste porque estabas presente. Lo que pasa es que nos es mucho más fácil cuando lo de afuera parece ir bien y ser armónico (como cuando tenemos un buen trabajo y una relación que nos llena, por ejemplo).
Debemos apuntar a estar siempre presentes, cuando los eventos muestren ser favorables o desfavorables (lo cual a fin de cuentas es una ilusión, ya que a la larga todo nos termina ayudando).
Cuando estamos presentes somos felices. Esto ocurre porque somos en esencia felicidad pura, y cuando no estamos juzgando ni masticado el pasado, esa felicidad intrínseca se expresa.
Así que ya sabes, esos periodos felices, esos tiempos mejores que tanto añoras, dependieron únicamente de ti y de como te planteaste la vida en ese momento. Hoy tienes la capacidad de hacer de este momento el mejor momento de tu vida, y más nos vale hacerlo, ya que este momento es el único que existe.
Imagen: Fabian Oefner
La hora del renacer

Vídeo del capítulo 15. X. Un Curso de Milagros


Un Curso De Milagros

Capítulo 15

La hora del renacer

Mientras estés en el tiempo, tendrás el poder de demorar la perfecta unión que existe entre Padre e Hijo. Pues en este mundo, la atracción de la culpabilidad se interpone entre ellos. En la eternidad, ni el tiempo ni las estaciones del año tienen significado alguno. Pero aquí, la función del Espíritu Santo es valerse de ambas cosas, mas no como lo hace el ego. Ésta es la temporada en la que se celebra mi nacimiento en el mundo. Mas no sabes cómo celebrarlo. Deja que el Espíritu Santo te enseñe, y déjame celebrar tu nacimiento a través de Él. El único regalo que puedo aceptar de ti es el regalo que yo te hice. Libérame tal como yo elijo liberarte a ti. Celebramos la hora de Cristo juntos, pues ésta no significa nada si estamos separados.
El instante santo es verdaderamente la hora de Cristo. Pues en ese instante liberador, no se culpa al Hijo de Dios por nada y, de esta manera, se le restituye su poder ilimitado. ¿Qué otro regalo puedes ofrecerme cuando yo elijo ofrecerte sólo éste? Verme a mi es verme en todo el mundo y ofrecerles a todos el regalo que me ofreces a mi. Soy tan incapaz de recibir sacrificios como lo es Dios, y todo sacrificio que te exiges a ti mismo me lo exiges a mi también. Debes reconocer que cualquier clase de sacrificio no es sino una limitación que se le impone al acto de dar. Y mediante esa limitación limitas la aceptación del regalo que yo te ofrezco.
Nosotros que somos uno, no podemos dar por separado. Cuando estés dispuesto a reconocer que nuestra relación es real, la culpabilidad dejará de ejercer atracción sobre ti. Pues en nuestra unión aceptarás a todos nuestros hermanos. Nací con el solo propósito de dar el regalo de la unión. Dámelo a mi, para que así puedas disponer de él. La hora de Cristo es la hora señalada para el regalo de la libertad que se le ofrece a todo el mundo. Y al tú aceptarla, se la ofreces a todos.
En tus manos está hacer que esta época del año sea santa, pues en tus manos está hacer que la hora de Cristo tenga lugar ahora. Es posible hacer esto de inmediato, pues lo único que ello requiere es un cambio de percepción, ya que únicamente cometiste un error. Parecen haber sido muchos, pero todos ellos son en realidad el mismo. Pues aunque el ego se manifiesta de muchas formas, es siempre la expresión de una misma idea: lo que no es amor es siempre miedo, y nada más que miedo.
No es necesario seguir al miedo por todas las tortuosas rutas subterráneas en las que se oculta en la obscuridad, para luego emerger en formas muy diferentes de lo que es. Pero sí es necesario examinar cada una de ellas mientras aún conserves el principio que las gobierna a todas. Cuando estés dispuesto a considerarlas, no como manifestaciones independientes, sino como diferentes expresiones de una misma idea, la cual ya no deseas, desaparecerán al unísono. La idea es simplemente ésta: crees que es posible ser anfitrión del ego o rehén de Dios. Éstas son las opciones que crees tener ante ti, y crees así mismo que tu decisión tiene que ser entre una y otra. No ves otras alternativas, pues no puedes aceptar el hecho de que el sacrificio no aporta nada. El sacrificio es un elemento tan esencial en tu sistema de pensamiento, que la idea de salvación sin tener que hacer algún sacrificio no significa nada para ti. Tu confusión entre lo que es el sacrificio y lo que es el amor es tan aguda que te resulta imposible concebir el amor sin sacrificio. Y de lo que debes darte cuenta es de lo siguiente: el sacrificio no es amor, sino ataque. Sólo con que aceptases esta idea, tu miedo al amor desaparecería. Una vez que se ha eliminado la idea del sacrificio ya no podrá seguir habiendo culpabilidad. Pues si hay sacrificio, alguien siempre tiene que pagar para que alguien gane. Y la única cuestión pendiente es a qué precio y a cambio de qué.
Como anfitrión del ego, crees que puedes descargar toda tu culpabilidad siempre que así lo desees, y de esta manera comprar paz. Y no pareces ser tú el que paga. Y aunque si bien es obvio que el ego exige un pago, nunca parece que es a ti a quien se lo exige. No estás dispuesto a reconocer que el ego, a quien tú invitaste, traiciona únicamente a los que creen ser su anfitrión. El ego nunca te permitirá percibir esto, ya que este reconocimiento lo dejaría sin hogar. Pues cuando este reconocimiento alboree claramente, ninguna apariencia que el ego adopte para ocultarse de tu vista te podrá engañar. Toda apariencia será reconocida tan sólo como una máscara de la única idea que se oculta tras todas ellas: que el amor exige sacrificio, y es, por lo tanto, inseparable del ataque y del miedo. Y que la culpabilidad es el costo del amor, el cual tiene que pagarse con miedo.
¡Cuán temible, pues, se ha vuelto Dios para ti! ¡Y cuán grande es el sacrificio que crees que exige Su amor! Pues amar totalmente supondría un sacrificio total. Y de este modo, el ego parece exigirte menos que Dios, y de entre estos dos males lo consideras el menor: a uno de ellos tal vez le deba temer un poco, pero al otro, a ése hay que destruirlo. Pues consideras que el amor es destructivo, y lo único que te preguntas es: ¿quién va a ser destruido, tú u otro? Buscas la respuesta a esta pregunta en tus relaciones especiales, en las que en parte pareces ser destructor y en parte destruido, aunque incapaz de ser una u otra cosa completamente. Y crees que esto te salva de Dios, Cuyo absoluto Amor te destruiría completamente.
Crees que todo el mundo exige algún sacrificio de ti, pero no te das cuenta de que eres tú el único que exige sacrificios, y únicamente de ti mismo. Exigir sacrificios, no obstante, es algo tan brutal y tan temible que no puedes aceptar dónde se encuentra dicha exigencia. El verdadero costo de no aceptar este hecho ha sido tan grande que, antes que mirarlo de frente, has preferido renunciar a Dios. Pues si Dios te exigiese un sacrificio total, parecería menos peligroso proyectarlo a Él al exterior y alejarlo de ti, que ser Su anfitrión. A Él le atribuiste la traición del ego, e invitaste a éste a ocupar Su lugar para que te protegiese de Él. Y no te das cuenta de que a lo que le abriste las puertas es precisamente lo que te quiere destruir y lo que exige que te sacrifiques totalmente. Ningún sacrificio parcial puede aplacar a este cruel invitado, pues es un invasor que tan sólo aparenta ser bondadoso, pero siempre con vistas a hacer que el sacrificio sea total.
No lograrás ser un rehén parcial del ego, pues él no cumple sus promesas y te desposeerá de todo. Tampoco puedes ser su anfitrión sólo en parte. Tienes que elegir entre la libertad absoluta y la esclavitud absoluta, pues éstas son las únicas alternativas que existen. Has intentado transigir miles de veces a fin de evitar reconocer la única alternativa por la que te tienes que decidir. Sin embargo, reconocer esta alternativa tal como es, es lo que hace que elegirla sea tan fácil. La salvación es simple, por ser de Dios, y es, por lo tanto, muy fácil de entender. No trates de proyectarla y verla como algo que se encuentra en el exterior. En ti se encuentran tanto la pregunta como la respuesta; lo que te exige sacrificio así como la paz de Dios.

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